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Ilustración de Domingo gris en Maryland
Melancólico luminoso

Domingo gris en Maryland

En Maryland, los domingos no siempre traen sol.

A veces despiertan con un cielo gris perlado, como si las nubes hubieran decidido quedarse un rato más sobre los tejaditos pastel.

Aquella mañana el aire era frío y suave, y la luz entraba sin brillar, apenas lo suficiente para recordar que el día, aun nublado, seguía vivo.


Cami Boni despertó despacito.

Durante la noche, una tormenta pequeña había cruzado su cielo interior.

No fue de relámpagos ruidosos, sino de esas lluvias calladas que se sienten por dentro.

Una nubecita se había quedado suspendida justo en su pechito, apretándolo con una tristeza húmeda.

Se sintió solita.

Sintió frío, aunque estuviera bajo las cobijas.

Y cuando la tormenta se fue apagando, se quedó dormida con el eco del dolor aún latiendo.

Al amanecer, entre sueños, buscó con su manita suave.

—Mapachito…

murmuró.

Pero el lado de la cama estaba vacío.

Alex el Mapachito vestido de negro, había salido temprano.

En otra parte de Maryland, bajo el mismo cielo gris, caminaba hacia la estación de carruajes mágicos para recibir a su abuelita, que regresaba de un viaje lejano.

Su colita oscura se movía con cuidado mientras revisaba que las farolas del camino brillaran correctamente.

Aunque no estaban juntos, un hilito invisible de luz los mantenía conectados.


Cami Boni abrió los ojos.

Corrió las cortinas.

La claridad entró como un suspiro.

No había sol, pero sí día.

Y eso bastó.

—Hoy haré algo

se dijo, tocándose el pechito.

La nubecita ya no pesaba tanto.

Solo quedaba un recuerdo suave de lluvia.


Desayunó con sus dos pequeñas compañeras felinas, que en Maryland caminaban como dos sombras esponjosas y curiosas entre sus patitas.

El tintinear de los platos fue el primer sonido firme del día.

Después, Cami Boni miró su habitación.

El armario estaba revuelto.

Las estaciones mezcladas.

Versiones antiguas de sí misma colgando sin orden.

Respiró hondo.

Y comenzó.


Sacó vestido tras vestido, blusa tras blusa, faldas oscuras que pertenecían a otros climas.

El invierno fue guardado en una caja paciente.

La primavera reclamó espacio.

Los vestidos —sus nuevos favoritos— quedaron al frente, esperando días más cálidos.

Encontró ganchos libres.

Muchos más de los que pensaba.

Cami Boni sonrió.

A veces el miedo nos hace pedir más de lo necesario.


Siguió ordenando cajones.

Joyitas pequeñas que tintineaban como recuerdos.

Pulseras, aretitos, collares que habían acompañado distintas versiones de Cami Boni.

En un rincón del tocador, descubrió los gorritos que alguna vez compró por temor a quedarse sin pelito.

Los sostuvo un momento.

Ya no los necesitaba.

Su cabello rizado, negro y vivo, caía ahora con orgullo sobre sus hombros.

También estaban ahí sus antiguas pelucas.

Compañeras de un tiempo frágil.

No había rencor, ni tristeza.

Solo gratitud.

—Gracias por cuidarme cuando lo necesité

susurró antes de despedirse de ellas.


En el cajón más bajo brillaban los frasquitos de luz.

Pequeñas botellitas transparentes que contenían destellos rosados y dorados.

Cada noche, uno de esos frasquitos ayudaba a que Cami Boni fuera más suavecita, más ella.

Los acomodó con cuidado, como quien ordena estrellas domésticas.

Más al fondo, guardó en una cajita discreta ciertos objetos que solo se usaban cuando el corazón estaba especialmente contento, cuando la risa se volvía traviesa y el cariño desbordaba.

Maryland era dulce, incluso en sus secretos.


Cambió las sábanas.

Sacudió el polvo.

Abrió ventanas para que el aire frío entrara y se llevara cualquier resto de tormenta.

Luego Cami Boni salió al resto de su casita.


Barrió el estudio, donde creaba páginas mágicas.

Allí, entre líneas de código brillante y símbolos flotantes, los pensamientos de los habitantes de Maryland se transformaban en hojitas encantadas que representaban sueños, deseos, recuerdos.

Su teclado estaba cubierto de pequeñas migas y polvo antiguo.

Frunció la naricita.

Desarmó cada tecla.

Las dejó remojando en agua jabonosa que olía a limpio.

Con un cepillito, fue retirando la suciedad acumulada.

Debajo del blanco original había descuido…

pero también posibilidad.


Mientras las teclitas se secaban como pequeñas piezas de luna alineadas sobre una toalla, Cami Boni siguió.

Baño.

Sala.

Cocina.

Lavadero.

Lavó los botecitos de basura hasta que brillaron.

Limpió el arenero con paciencia.

Ordenó cajas olvidadas.

Echó a andar dos tandas de ropa en la lavadora, cuyo tambor giraba como un pequeño hechizo circular.


A mediodía, con hambre ligera, preparó unas quesadillas con frijolitos y aguacate.

Las comió de pie, mirando por la ventana el cielo gris que no se abría, pero tampoco oscurecía más.

El día seguía.

Y ella también.


Trapear fue lo último.

El sonido del agua deslizándose sobre el piso era casi musical.

Cada pasada dejaba una superficie más clara.

Más brillante.

Más suya.

Cuando regresó al estudio y volvió a colocar las teclas en su lugar, el teclado parecía nuevo.

Blanco, pulcro, luminoso.

Como si hubiera sido devuelto al inicio.


Cami Boni se quedó mirándolo un momento.

A veces la tristeza es solo polvo acumulado en lugares invisibles.

Y el amor —recordó entonces— no siempre se dice.

Se hace.


Así lo enseñaba la conejita más sabia de Maryland, su madre.

Dura como la corteza de un árbol antiguo por fuera, pero con un corazón tan cálido que podía sostener a todo el bosque.

“Si quieres paz, cuida tu casa.
Si quieres amor, hazlo con tus manos.”

Cami Boni entendía ahora que no limpiaba por obligación.

Limpiaba porque el orden le traía calma.

Porque cada objeto en su lugar era una forma de decirse a sí misma:

estás a salvo.


Hoy limpiaba para ella y para sus gatitas.

Mañana, tal vez, limpiaría para más corazones.

Como su mamá lo hizo siempre.


Al caer la tarde, el cielo seguía gris.

Había un sartén pendiente en la cocina.

Unos tapetitos que aún debían lavarse.

Pequeñas cosas sin lugar definitivo en su cuarto.

Pero su pechito ya no dolía.

La tormenta había pasado.


En otra parte de Maryland, una farola se encendía correctamente bajo las manos de Alex el Mapachito de negro.

Y aunque no estaban juntos, ambos trabajaban bajo el mismo cielo frío, sosteniendo sus mundos con actos pequeños y constantes.


Cami Boni miró su casita ordenada.

No era perfecta.

Pero era paz.

Y en Maryland, eso era más que suficiente.

— Camila

Este cuentito es una creación personal basada en vivencias y emociones reales, desarrollada con asistencia de inteligencia artificial como herramienta de apoyo creativo.

La ilustración ha sido generada mediante herramientas de inteligencia artificial como parte del proceso artístico del proyecto.

Co-creación narrativa, expansión emocional y pulido literario a partir de vivencia personal.

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