En lo alto de una zona montañosa de Maryland, donde el viento olía a pino húmedo y madera vieja, había un antiguo recinto de reuniones que llevaba mucho tiempo abandonado.
La comunidad del reino quería rescatarlo.
Querían volver a llenarlo de farolitos, mesas bonitas, vocecitas suaves y pequeñas fiestas. Por eso Cami Boni había sido invitada a pasar allí unos días: para ayudar con la limpieza, con los preparativos y, más adelante, con una tarea muy suya, la de crear pequeñas páginas luminosas para quienes algún día volverían a visitar aquel lugar.
Como no quería dejar solas a Boni y Ahsokita, se las llevó con ella.
Y como Alex el Mapachito no podía acompañarla en esa ocasión, subió la montaña con sus dos chiquitas, sus trapitos, sus cepillitos y su ternura bien acomodadita entre sus cosas.
La primera parte del día transcurrió sin demasiados sobresaltos.
Hasta que, a media tarde, alguien le pidió que quitara un poco de polvo acumulado en una moldura alta del pasillo.
—Nada más tantito —le dijeron—, para que no le caiga a nadie cuando empecemos a traer farolitos.
Cami Boni dijo que sí, subió a un banquito, alzó el trapito y rozó una esquina del techo.
Entonces le cayó encima una lluvia finísima de polvo blanco.
Sobre el pelo.
Sobre las orejitas.
Sobre los hombros.
Sobre la frente.
Cami Boni bajó de golpe, buscó un vidrio antiguo donde mirarse y abrió mucho los ojos.
—Ay no.
Parecía cal. O yeso. O pedacitos de luna seca.
Tenía toda la cabeza cubierta de un blanco feíto y desastroso, como si el techo se le hubiera deshecho encima.
Se cubrió el pelo con las manos.
—No, no, no, no…
Y fue entonces cuando una vocecita aguda y solemne habló desde la sombra de una columna:
—Ah. Maravilloso. Una tragedia digna de mi presencia.
Allí estaba Oscurito.
Pequeñito, regordito, oscurito, con una capita dramática y un aire de gran villano que no terminaba de asustar a nadie tanto como él quisiera.
—Yo soy el gran señor de las tinieblas… y he venido a empeorarlo todo.
—Oscurito, no ahorita —murmuró Cami Boni.
—Yo no “ahorita”. Yo llego cuando el corazón empieza a enredarse.
Cami Boni volvió a ver su reflejo y sintió una punzadita de vergüenza.
—Sí me veo horrible…
Oscurito se acercó flotando a su lado.
—En efecto. Fantasmita del techo. Desastre capilar de montaña. Todos van a verte.
Eso le apretó el pecho.
Tenía actividades todavía. No quería que nadie la viera así.
—Necesito un baño —murmuró.
—¿Y si mejor no…? —susurró Oscurito—. ¿Y si mejor te escondes hasta el próximo invierno?
Pero Cami Boni ya iba corriendo.
El primer baño estaba ocupado.
El segundo también.
El tercero igual.
En cada pasillo se cruzaba con habitantes del reino que la miraban con curiosidad al verla encogidita, cubriéndose la cabeza con las manos.
—¿Te sientes bien? —le preguntó una ardillita con delantal.
—Sí… me duele la cabeza —respondió ella, sin detenerse.
—Perfecto —murmuró Oscurito—. Ahora además pareces sospechosa.
Al fin encontró un baño libre.
Entró de golpe, se acercó al lavamanos y se miró de cerca.
Ay.
Se veía peor.
El polvo estaba metido entre sus rizos, en la raíz, alrededor de sus orejitas.
—Agüita y ya —se dijo.
Oscurito se sentó en el borde del lavamanos con aire de especialista en tragedias.
—Claro. Todo mejora cuando una entra en pánico.
Cami Boni abrió la llave, tomó agua con las manos y se la echó en el pelo.
Y todo empeoró.
El polvo de luna vieja no desapareció.
Se volvió lodo.
Una pasta gris, pegajosa y fea comenzó a escurrirse entre sus mechones y a bajarle por la frente.
—¡No! —chilló Cami Boni.
Oscurito se llevó una mano al pecho.
—Excelente. Hemos pasado del espanto al pantano.
Con el corazón acelerado, Cami Boni buscó algo útil y encontró un cepillito pequeño de cerdas suaves.
Respiró hondo.
Una vez.
Otra.
Y empezó a limpiar despacito, mechón por mechón, con paciencia obligada y muy poquita agua.
No fue rápido.
No fue bonito.
Pero funcionó.
Cuando terminó, no estaba perfecta, pero ya no parecía una aparición embarrada.
Oscurito frunció el gesto.
—No me encanta cuando insistes.
—Pues ni modo —contestó ella.
Salió tarde, pero cuando llegó a la actividad, nadie dijo nada.
Nadie preguntó.
Nadie la miró raro.
Y eso, aunque fuera poquito, le calmó el corazón.
Cuando más tarde salió al corredor, el recinto ya se sentía distinto.
Más vacío.
Más silencioso.
Más raro.
Varias puertas habían quedado abiertas, y Cami Boni empezó a cerrarlas una por una, aunque Oscurito flotaba a su lado murmurando:
—¿Y si mejor no…?
—¿Y si algo te mira desde adentro?
—¿Y si te llevas un susto horrible?
Cami Boni siguió cerrando puertas de todos modos, hasta que llegó a su habitación temporal.
Y allí encontró otro desastre.
Boni y Ahsokita habían regado arena del arenero por todos lados.
Había montoncitos junto a la cama, junto a la mantita y junto al baúl.
Ahsokita tenía cara de inocencia tramposa.
Boni, en cambio, conservaba la dignidad absoluta de quien se considera incapaz de cualquier crimen doméstico.
Y una señora de limpieza ya estaba allí con una escobita.
—Ay no, perdón… yo termino… —dijo Cami Boni enseguida.
La señora sonrió con paciencia.
—Tranquila, conejita. Tú acomoda el arenero y yo barro esto.
Entre las dos lo dejaron limpio.
Y por un ratito, el cuartito volvió a sentirse pequeño, tibio y rescatable.
Oscurito se tocó la pancita.
—Este ambiente me parece desagradablemente tierno.
A Cami Boni casi se le escapó una sonrisita.
Luego le dio hambre.
Afuera, en una plazoletita lateral, habían puesto comida caliente para quienes seguían trabajando a esas horas.
Olía delicioso.
Panecitos tostados.
Chocolate espeso.
Arroz con leche.
Canela.
Y allí, junto al puestito, estaba Teddy.
Alto.
Muy alto.
Osito de pelaje café clarito y presencia amable.
—¿Teddy? —preguntó Cami Boni, sorprendida.
Teddy volteó y sonrió con suavidad.
—Cami Boni.
Algo dentro de ella se aflojó.
No todo.
Pero sí algo importante.
Tomaron panecitos y chocolatito, y se quedaron un momento bajo la luz tibia del puesto.
—Sigues oliendo un poquito a baño antiguo —dijo Teddy con honestidad amable.
Cami Boni lo miró con ofensa fingida.
—Gracias.
—De nada.
—Las guayabas siguen sabiendo rico.
—Las guayabas saben feo.
Eso le arrancó una sonrisita real.
Oscurito frunció todo su cuerpecito.
—Están evocando bromas privadas. Voy a enfermarme.
Entonces el señor del puesto alzó la voz.
—No se muevan.
Entre las vigas del corredor apareció una luz verde-dorada.
Grande.
Demasiado grande para una luciérnaga normal.
Teddy entrecerró los ojos.
—¿Una reina?
—Sí —dijo el hombre—. Ya explotó una vez hace rato. Se mete en un capullo, se regenera y vuelve.
A Cami Boni se le apretó el estómago.
—¿Explota?
—Cuando se asusta mucho, sí.
La luz se movió.
Hubo un silencio raro.
Y de pronto alguien gritó:
—¡Corran!
Todo se volvió movimiento.
La luciérnaga reina salió disparada como una brasa viva con alas de cristal.
Cami Boni apenas alcanzó a moverse cuando la criatura se infló de luz y explotó con un estallido seco.
No la alcanzó.
Cuando volvió a mirar, solo quedaban chispitas cayendo y un pequeño capullo pegado en una rendija.
Los hicieron entrar a una habitación cercana.
Cami Boni se sentó sin soltar su panecito.
Todavía temblaba.
Pensó en Alex el Mapachito.
En lo mucho que habría querido tenerlo allí para sentirse un poquito más segura.
Ojalá estuvieras aquí.
Oscurito la oyó de todos modos.
—No está —susurró—. No está y tú sí. Sola. En una montaña. En una casa rara. Con una criatura que explota.
Pero Cami Boni miró alrededor.
Teddy estaba allí.
El señor del puesto también.
Y en su cuarto la esperaban Boni y Ahsokita.
No estaba tan sola.
Entonces alguien junto a la ventana susurró:
—Ahí viene otra vez.
La luz verde-dorada regresó.
Más firme.
Más entera.
La luciérnaga reina volvía como si nada hubiera pasado.
Cami Boni sintió regresar el miedo.
No uno nuevo.
El mismo.
Ese miedo que vuelve cuando una apenas empezaba a calmarse.
—Te lo dije —murmuró Oscurito con gusto—. Las cosas vuelven. Te encuentran.
Una de las chicas abrió otra habitación.
—¡Métanse ahí! ¡Debajo de la cama si hace falta!
Teddy miró a Cami Boni.
—Muévete ahora.
Ella obedeció.
Entró corriendo y se metió bajo la cama más cercana.
No alcanzaba a cubrirse del todo.
Una orejita le quedó casi afuera y una manita le temblaba junto al borde.
La luz empezó a colarse por abajo.
Oscurito se acomodó a su lado como si por fin hubiera llegado su gran escena.
—¿Y si mejor no…? —susurró—. ¿Y si mejor dejas que el miedo decida por ti?
Cami Boni respiraba rapidito.
Podía oír su corazón.
Podía oír el zumbido de la luciérnaga.
Pensó en Alex el Mapachito.
Pensó en Boni y Ahsokita.
Pensó en lo cansada que estaba.
Y entonces, en medio del temblor, algo pequeño pero firme hizo clic dentro de su pecho.
No fue una valentía enorme.
Solo una decisión chiquita.
La luciérnaga bajó más.
Demasiado.
Cami Boni apretó los dientes, levantó la mano temblorosa y le dio un golpecito para apartarla.
Luego otro.
—No —dijo con la voz apretadita—. Aléjate.
La luciérnaga vaciló.
Se desvió apenas.
Y explotó afuera de la cama con un fogonazo seco que llenó la habitación de luz por un segundo.
Después vino el silencio.
No el silencio vacío.
Solo el silencio que queda cuando algo por fin pasa.
Cami Boni bajó las manos muy despacito.
—Ya pasó… ya pasó…
Entonces oyó a Oscurito hacer un ruidito extraño.
La pequeña entidad oscurita tenía una mano en la pancita.
Su capa se veía arrugadita.
—Esto de hacer cosas aun con miedo… es muy inconveniente para mi oficio…
Se desinfló un poquito.
Luego otro poquito.
—Y además… pensaste cosas demasiado tibias… demasiado acompañadas…
Afuera, Teddy se asomó.
—¿Cami Boni? ¿Estás bien?
Ella asintió.
—Sí…
Oscurito se agarró otra vez la pancita.
—Yo soy el gran señor de las tinieblas… y… y…
Entonces hizo:
plup.
Y desapareció.
Cami Boni salió despacito de debajo de la cama.
Le temblaban todavía las piernas.
Teddy le tendió la mano y ella la tomó para levantarse.
—Qué día tan raro —murmuró.
—Muchísimo —dijo Teddy.
Él la miró con suavidad.
—Hiciste bien.
—Solo le di un golpecito.
—Ajá.
—Y estaba muerta de miedo.
Teddy sonrió.
—Eso no le quita mérito.
Cami Boni se quedó calladita un momento.
La noche de la montaña seguía allí, grande y fría.
El recinto seguía siendo viejo, silencioso y un poquito inquietante.
Pero ella seguía en pie.
Con el pelo ya casi limpio.
Con el corazón todavía tembloroso.
Pero en pie.
Pensó en Boni y Ahsokita dormiditas.
Pensó en Alex el Mapachito y en las ganas de contarle todo después.
Pensó en que quizá no se trataba de dejar de sentir miedo para siempre.
Quizá se trataba de que el miedo no tomara el timón.
Afuera, el viento movió una cuerdita de farol sin encender.
Cami Boni levantó la vista.
El recinto ya no parecía mirarla con rareza.
Solo esperaba.
Esperaba ser cuidado.
Esperaba volver a llenarse de luz.
Ella respiró hondo.
—Mañana voy a hacer una página luminosa bien bonita para este lugar.
Teddy sonrió.
—Eso me suena correcto.
Cami Boni alzó el pedacito de panecito que aún le quedaba.
—Y las guayabas siguen sabiendo rico.
Teddy hizo una pausa solemne.
—No. Las guayabas saben feo.
Cami Boni soltó por fin una risita de verdad.
Suavecita.
Cansada.
Pero de verdad.
Y aquella noche, en lo alto de la montaña, el antiguo recinto de madera oscura no se sintió menos viejo, ni menos grande, ni menos raro.
Pero sí un poquito menos solo.
Como si hubiera entendido, al mismo tiempo que Cami Boni, que incluso en los días más inquietos, el corazón todavía podía temblar…
y seguir alumbrando.